Libertad, paz y democracia a propósito del Nobel de la Paz 2025

El Premio Nobel de la Paz, no solo honró a una persona, a María Corina Machado, sino que dio voz al sufrimiento silenciado de toda una nación.

El mundo escuchó, con la solemnidad y autoridad moral que otorga el Nobel, la verdad sobre Venezuela sin eufemismos diplomáticos, sin relativizaciones geopolíticas. Solo la verdad, llamada por su nombre: crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen de Nicolás Maduro.

Para los venezolanos, este reconocimiento representa mucho más que un premio: es el quiebre del cerco informativo que ha distorsionado la realidad.

Es la visibilización de una verdad que muchos sectores políticos globales prefieren ignorar, atrapados entre viejas lealtades ideológicas o cálculos geopolíticos que anteponen sus propias convicciones a la solidaridad humana básica. Para muestra un botón:

La presidente de México, Claudia Sheinbaum, ha respondido con un «no tengo comentarios» cuando se le ha preguntado repetidamente sobre el  Premio Nobel de la Paz 2025

Dice que «defiende la política exterior de México basada en los principios de no intervenciónrespeto a la soberanía y autodeterminación de los pueblos«. Y enfatiza que la postura de su gobierno siempre será la de utilizar el diálogo y la solución pacífica de controversias para cualquier conflicto internacional».

No puedo tolerarlo. Me enerva.

El presidente del comité noruego lo dijo en su discurso, y a Sheimbaun le haría bien escucharlo.

«¿Cómo debemos considerar a aquellos que dedican toda su energía en buscar defectos en las difíciles decisiones que han debido tomar los valientes defensores de la democracia, en lugar de reconocer su valentía y su sacrificio?»

Frydnes no solo describe la tragedia venezolana; confronta la cobardía moral de quienes, desde la distancia segura, juzgan con pureza ideológica a quienes deben elegir entre lo difícil y lo imposible bajo una dictadura.

La paradoja del diálogo: Cuando la negociación fortalece la tiranía. Libertad como precondición, no como resultado

La observación de Cayetana Álvarez de Toledo, citando al director del Instituto Nobel, “sin paz no hay libertad”, invierte la lógica convencional del pacifismo institucional y nos obliga a repensar los límites éticos de la negociación política.

Dos mensajes que ha compartido, con los cuales estoy absolutamente de acuerdo:

1/ «la claudicación, el apaciguamiento y la resignación no conducen a la paz. Es vital la firmeza democrática, el coraje y luchar por la libertad: plantemos cara, defendamos a la democracia».

2/ «Asumir la responsabilidad. Lo que asegura la democracia es que cada uno de los ciudadanos nos movilicemos para protegerla».

Existe en la cultura diplomática lo que podríamos llamar fetichismo de proceso: la creencia de que mantener a las partes “conversando” constituye en sí mismo un valor, independientemente de si esas conversaciones generan cambios sustantivos.  Asimismo, los internacionalistas hemos asimilado principios como la soberanía nacional, la no intervención, la resolución pacífica de controversias. Estos principios surgieron como respuesta a las guerras mundiales y al colonialismo, y han sido útiles en muchos contextos. Pero muchas autocracias utilizan precisamente estos principios como escudo para perpetuar su poder.

Venezuela ha sido el laboratorio perfecto para probar los límites del diálogo como estrategia política. Desde 1999, cada ciclo electoral, cada crisis, cada momento de movilización popular, ha sido seguido por llamados internacionales al “diálogo y la negociación”. Cada mesa de negociación ha seguido un patrón similar:

  1. Legitimación mutua: La mera participación en el diálogo otorga al régimen un barniz de legitimidad democrática.
  2. Exigencias asimétricas: La oposición debe comprometerse a participar en elecciones bajo reglas que el régimen controla, mientras el régimen promete “considerar” reformas que nunca implementa.
  3. Concesiones unilaterales: La oposición retira sanciones, legitima procesos fraudulentos o acepta compartir responsabilidad política a cambio de promesas incumplidas.
  4. Ganancia temporal: El régimen utiliza el tiempo comprado para reprimir a disidentes, fortalecer aparatos de control y alterar el terreno político a su favor.
  5. Colapso predecible: El diálogo se rompe cuando el régimen ya ha obtenido todo lo que necesitaba, y el ciclo recomienza.

María Corina Machado y la ética de la resistencia

El reconocimiento del Comité Nobel a María Corina Machado (junto a Edmundo González Urrutia y un amplio conjunto de actores de la sociedad civil venezolana) representa un importante cambio de paradigma: el reconocimiento de que, en ciertas circunstancias, la resistencia firme a la tiranía es el camino más auténtico hacia la paz.

MCM ha asumido una postura que podría llamarse “intransigencia democrática”: el rechazo a legitimar procesos electorales fraudulentos, el rechazo a participar en negociaciones diseñadas para perpetuar el status quo, la insistencia en que las libertades fundamentales no son negociables. Esta postura la ha convertido en blanco de persecución, pero también en símbolo de dignidad democrática.

Su trayectoria nos recuerda a Václav Havel y los disidentes de Europa del Este que, durante décadas, se negaron a participar en el teatro político del comunismo. Havel escribió sobre “vivir en la verdad” como forma de resistencia: negarse a participar en las mentiras oficiales, incluso cuando eso implique costos personales enormes. Esta “política antipolitica” terminó siendo más efectiva para deslegitimar el comunismo que décadas de negociaciones diplomáticas.

Repensar la diplomacia: de la neutralidad a la solidaridad democrática

El desafío que plantea Venezuela es fundamental: ¿debe la comunidad internacional ser neutral entre la democracia y la autocracia, o debe existir una “parcialidad democrática” que reconozca que estos sistemas no son moralmente equivalentes?

La Carta Democrática Interamericana (2001) intentó responder a esta pregunta estableciendo que la democracia representativa es “indispensable para la estabilidad, la paz y el desarrollo de la región.” Sin embargo, su aplicación ha sido inconsistente, precisamente porque muchos gobiernos temen que los estándares aplicados a otros puedan eventualmente aplicárseles a ellos.

La experiencia europea tras 1989 ofrece un modelo instructivo: la ampliación de la Unión Europea creó un poderoso incentivo para la democratización en Europa Central y Oriental. La perspectiva de integración económica y política condicionada al cumplimiento de estándares democráticos ayudó a consolidar transiciones que de otro modo habrían sido mucho más frágiles.

Hacia una nueva ética del diálogo

Las reflexiones de Cayetana Álvarez de Toledo nos invitan a distinguir entre el diálogo como medio y el diálogo como fin en sí mismo. El diálogo genuino requiere ciertas precondiciones: libertad de expresión, igualdad relativa entre las partes, mecanismos de verificación y cumplimiento, y buena fe de los participantes. Cuando estas condiciones no existen, el “diálogo” puede convertirse en instrumento de dominación.

Esto significa reconocer que:

  1. La paz sin libertad es esclavitud. Una sociedad silenciada por el miedo no está en paz; está paralizada.
  2. El diálogo requiere simetría mínima. No puede haber negociación genuina cuando una parte controla todos los recursos de poder y puede aniquilar a la otra impunemente.
  3. El tiempo importa. Cada día que un régimen autoritario gana para consolidarse es un día más de sufrimiento para su población y un día menos de esperanza para la transición democrática.
  4. La comunidad internacional tiene responsabilidades. La neutralidad frente a la opresión no es virtud; es complicidad.
  5. Existen valores no negociables. Los derechos humanos fundamentales, incluida la libertad de expresión y asociación, no pueden ser objeto de regateo político.

El Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado nos lo dice muy claro: -al menos en el caso de Venezuela-, el camino hacia la paz es resistencia firme contra la injusticia, no complacencia con ella. 

Entonces, para mi… el tema del diálogo me parece interesante. La pregunta no es si debemos o no dialogar… sino con quién, sobre qué términos, y con qué propósito. Un diálogo que no tiene como objetivo restaurar las libertades fundamentales no es un camino hacia la paz, sino un desvío que permite a la tiranía consolidarse mientras el mundo mira hacia otro lado.

Venezuela nos ha enseñado, dolorosamente, que hay momentos en la historia donde la claridad moral tiene que estar por encima de todo. Momentos donde, como dijera Dante en el Inferno, “los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que, en tiempos de gran crisis moral, mantienen su neutralidad.”

El reconocimiento del Nobel a los luchadores por la democracia venezolana es un reconocimiento de que la libertad no es negociable. Que sin ella, no hay diálogo posible. Que sin ella, no hay paz verdadera.

Les animo a ver el discurso de María Corina Machado, pronunciado por su hija Ana Corina Sosa. He llorado demasiado. Cuántas emociones. Fue un acto de resistencia y esperanza, de convicción y profundidad. Es sin duda un testimonio histórico y una lección para todos los demócratas.

Si… porque nos recuerda que la lucha por la democracia no es técnica, «política» o institucional: es profundamente existencial, espiritual, humana. Nos recuerda que la libertad no es un estado que se alcanza, sino una condición que se conquista cada día, una decisión que se renueva.

Cierra afirmando que «la paz es, en última instancia, un acto de amor». Profundo. Nos habla de una verdad forjada en el dolor: solo el amor, a la familia dispersa por el exilio, a la dignidad pisoteada, al futuro robado genera el tipo de compromiso sostenido que ninguna estrategia racional por sí sola puede producir.

Ha sido un acto para la historia.

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