La búsqueda de la excelencia que impulsa (no frena) la acción
Del síndrome del impostor al perfeccionismo
Ambos fenómenos son bastante comunes. A veces no nos sentimos capaces o “listos” para hacer algo. Otras veces, si las condiciones no son perfectas, o si el resultado que buscamos no es perfecto, caemos en la trampa de preferir no iniciar un proceso. Exploremos los mecanismos psicológicos que transforman la búsqueda de la excelencia en esa trampa de autoexigencia extrema.

La paradoja: cuando querer ser excelentes se vuelve una prisión
El perfeccionismo ha aumentado significativamente entre las generaciones más jóvenes que se han ido incorporando a las organizaciones. También lo vemos en líderes altamente comprometidos e identificados con sus empresas que asumen nuevas responsabilidades y no quieren fallar.
El perfeccionismo es una trampa. Nos hace sentir que estamos avanzando cuando en realidad estamos paralizados. Nos obsesionamos con alcanzar el 100% cuando lo que realmente nos haría crecer es avanzar con un 70% de seguridad, confianza o satisfacción.
Los grandes líderes, innovadores y emprendedores no son los que esperan a sentirse listos. Son los que actúan a pesar de la duda.
Las investigaciones científicas nos presentan esta realidad: la correlación promedio entre perfeccionismo y buen desempeño laboral es cero.

¿En qué trampas cae el perfeccionista?
- Obsesión por detalles irrelevantes: el perfeccionista magnifica aspectos que no impactan el resultado final, perdiendo de vista el panorama general y consumiendo energía en tareas de bajo impacto.
- Evitar lo desconocido: el perfeccionista evita situaciones nuevas o desafiantes que podrían llevar al fracaso, limitando así las oportunidades de crecimiento y aprendizaje genuino.
- Autocrítica destructiva: el perfeccionista juzga cada error como una sentencia definitiva, impidiendo el aprendizaje constructivo y la recuperación resiliente.
El perfeccionista es la antítesis de la persona con “mentalidad de crecimiento”.
El costo oculto de la perfección

La investigación de la Universidad de York St. John, que analizó 43 estudios durante 20 años, vincula el perfeccionismo con agotamiento, depresión, ansiedad e incluso mortalidad. Además, los perfeccionistas tienden a experimentar bloqueos mentales y son propensos a la ansiedad.
Las personas obsesionadas con su trabajo invierten más horas, pero no logran un mejor desempeño que sus compañeros, creando un ciclo contraproductivo de esfuerzo sin retorno.
Estrategias para pasar de la perfección a la excelencia y la mejora continua
1. Del control total al enfoque estratégico
- Pregunta guía diaria: ¿Soy mejor persona y mejor profesional, hoy?
- Pregunta de impacto: ¿Ayudé a alguien más a mejorar hoy?
2. De lo imposible a objetivos precisos
Tener ambición y objetivos personales elevados, (no perseguir la perfección), es lo que alimenta el crecimiento genuino. Establece metas claras y alcanzables que te desafíen pero que no te frustren.
3. De la autocrítica a la autocompasión
Ser amable contigo mismo significa darte permiso para aprender a gestionar la decepción, la frustración y los errores. Cada experiencia es un dato en tu curva de aprendizaje continuo. Y cuidado con las comparaciones.
Prácticas que pueden ayudarte:
Ejercicio de perspectiva: Antes de comenzar una tarea, pregúntate: ¿Qué nivel de calidad necesita realmente este resultado? No todas las tareas requieren el mismo nivel de excelencia.

Técnica del 80/20: Identifica el 20% de esfuerzo que produce el 80% del impacto. Enfócate en lo que realmente impacta. También la llaman la regla del 70%, si estas medianamente satisfecho con un proyecto, aunque no sea perfecto, lánzalo. No se trata de conformarse con la mediocridad, sino de crear, corregir y mejorar sobre la marcha.
Ritual de cierre: Al finalizar cada proyecto, celebra el progreso logrado antes de identificar áreas de mejora. El reconocimiento debe preceder a la evaluación. A celebrar cada victoria!
Aspira a la excelencia, pero sé feliz en el camino

El perfeccionismo y el síndrome del impostor comparten una raíz común: la creencia de que nuestro valor depende de nuestros resultados y un desempeño impecable. La verdadera excelencia surge cuando abrazamos el proceso de mejora continua. Tu aptitud profesional no se define por la ausencia de errores, sino por tu capacidad de aprender, adaptarte y crecer a partir de cada experiencia.

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