En un desayuno CEDE (Confederación Española de Directivos y Ejecutivos), escuche a un CEO decir: “Hoy cualquier decisión puede volverse política: desde una contratación, hasta dónde compras el café.”
¿Qué piensas? quizás todavía en algunos países la polarización no es tan intensa, pero en algunas ciudades y en algunos entornos empresariales específicos, sí puede serlo. Vivimos tiempos donde cada movimiento corporativo puede ser interpretado como una postura ideológica. Ya no basta con tener buenas intenciones: hay que tener una brújula muy clara, porque el margen de error es mínimo y el impacto, enorme.
La polarización ha llegado a las reuniones de Consejo, a la cultura de las organizaciones, por supuesto, a la prensa, y claro, a las decisiones de inversión. Y sí: está erosionando algo fundamental para las empresas… (y las sociedades) la confianza.
1. Empieza por los valores y la estrategia
En momentos de tensión, muchos quieren actuar rápido. El problema es que cuando se improvisa en contextos polarizados, casi siempre sale mal y es muy costoso. Los líderes de hoy deben hacer una pausa y preguntarse:
- ¿Esta decisión está alineada con nuestra estrategia o estamos reaccionando por presión?
- ¿Estamos dispuestos a defender esta postura en el largo plazo, incluso si no es popular ahora?
👉 La coherencia estratégica vale más que la simpatía temporal. Hay que actuar con propósito para construir confianza a largo plazo.

2. Entiende los riesgos …
No todo lo que genera ruido es realmente un riesgo. Pero algunos temas sí lo son, y requieren análisis serio. La inteligencia del liderazgo está en distinguir lo superficial de lo sustancial.
Un ejemplo actual es el “impacto de la inteligencia artificial”. Un lider inteligente no solo evalúa el costo tecnológico, sino que se pregunta:
- ¿Cómo afectará a nuestros equipos?
- ¿Qué capacidades debemos desarrollar para liderar con esta tecnología?
- ¿Cómo comunicamos sus beneficios sin desestimar los miedos legítimos?
Tenemos que ver los temas polarizantes como posibilidades de liderazgo inteligente. Ni paralizarnos por miedo, ni salir corriendo a desactivar las bombas.
Estuve en el Madrid Economic Forum… escuchando presentaciones sobre libertad económica, el tamaño del Estado y la batalla cultural que mencioné en mis newsletters (el fenómeno woke y la polarización identitaria). Reconozco la valentía, proactividad y genio de los organizadores: Víctor Domínguez (Wall Street Wolverine) y las consultoras Abast y Racks Labs lograron reunir a más de 7,000 personas en el Palacio Vistalegrepara debatir ideas liberales libertarias. Pese a mis reservas de carácter ideológico, el evento estuvo muy bien organizado.



Estaba sentada en las gradas, analizando todo. Observando y tratando de entender. Me encontré en ese lugar “tenso” que describo como comprensión intelectual y desacuerdo profundo. Por ejemplo, estoy de acuerdo con los argumentos sobre los peligros de un Estado voraz que empobrece a sus ciudadanos. Coincido en que el exceso de burocracia y la ineficiencia pública son problemas reales. Pero rechazo la reducción de la complejidad del mundo al mercado puro.
Varios ponentes me llamaron la atención. Agustín Laje estuvo fantástico. La profundidad de su análisis sobre lo que él llama “la batalla cultural”, su impresionante preparación académica, y su convicción profunda, me generaron admiración. Laje entiende que “la cultura se ha convertido en el terreno decisivo para la política”. Y eso resuena conmigo.
Aunque aprecio su pasión y elocuencia, no puedo abrazar la totalidad de sus argumentos. Prefiero el diálogo respetuoso y la escucha genuina para construir puentes en lugar de trincheras. Sus ideas me interpelaron, me hicieron reflexionar, pero me confirmaron en mi convicción de que hay otra manera de abordar las diferencias ideológicas sin convertirlas en campos de batalla.
Me inquietó observar la homogeneidad del público y la manera en que se recibían los mensajes con aplausos automáticos. Había una energía tribal (que he mencionado en otros newsletters) alrededor del sentido de la identidad y la inclusión. En este caso, con un enfoque más económico e ideológico.
También me incomodó la narrativa antagónica al cambio climático y a la Agenda 2030 (ahora 2045). Varios ponentes desestimaron completamente la evidencia científica y redujeron el tema a la política de izquierdas. Por otro lado, Milei, ideológicamente con tradición judeo-cristiana, está alineado con los Estados Unidos e Israel, y explica por qué.
Mi visión cosmopolita y mi convicción sobre la interdependencia global chocan frontalmente con este libertarianismo que, aunque en teoría aboga por la prosperidad, me parece peligrosamente insuficiente para los desafíos transnacionales y los retos de seguridad no tradicionales que enfrentamos.
Creo que hay problemas que trascienden las fronteras y que requieren coordinación institucional más allá del mercado. Valoro la cooperación internacional, que, aunque imperfecta, es indispensable. El MEF me dejó preguntas que seguiré explorando. Sobre todo, ¿cómo puedo aspirar a un equilibrio sensato entre la eficiencia del mercado y la necesidad de intervención? ¿Cómo puedo ayudar a las personas a evitar caer en los extremos que tanto criticamos cuando vienen del otro lado del espectro político?
Ah, y otro tema más que siempre nos sacude a José Luis y a mi: la distinción entre desigualdad y pobreza.
José Luis me dice: “el problema no es la desigualdad sino la pobreza absoluta”.
Entiendo la lógica: en un sistema capitalista, las diferencias de ingreso son naturales y hasta deseables cuando reflejan mérito y esfuerzo. Como dije más arriba, esto es demasiado simplista. Recuerdo mi Maestría en Japón y cuánto leí a Amartya Sen.
Él nos enseña que las capacidades humanas (la posibilidad real de las personas para vivir la vida) se ven limitadas no solo por la pobreza absoluta, sino también por desigualdades extremas que restringen el acceso a oportunidades, educación de calidad, redes sociales y participación política. Cuando las brechas son abismales, el ascensor social se rompe y el mérito individual se vuelve insuficiente para superar las barreras estructurales. No abogo por igualdad de resultados, pero sí creo que necesitamos reflexionar seriamente sobre cuánta desigualdad puede tolerar una sociedad antes de que las oportunidades reales sean ficticias para demasiadas personas. Si quieres saber más sobre Sen te recomiendo un artículo escrito por Martín Urquijo. Este autor adopta un enfoque expositivo y analítico, pero dice que es “una de las iniciativas más influyentes” con aplicabilidad en políticas públicas.
Otro autor interesante es Michael Sandel (la tiranía del mérito, ¿qué ha sido del bien común?), que, como Sen reconoce la importancia de la contingencia de nuestros talentos y fortunas y la necesidad de humildad ante el papel de la suerte. Ambos rechazan métricas puramente económicas del bienestar, critican la idea de que las personas «merecen» completamente sus resultados económicos, enfatizan la dignidad humana más allá de logros económicos.
3. Explica el “por qué”… siempre
Cuando hay tensión e incertidumbre, el silencio puede mal interpretarse. Pero hablar sin explicar, también genera desconfianza.

El rol de los líderes y directores no es solo decidir, es narrar el sentido de lo que se hace:
- ¿Por qué mantenemos nuestro compromiso con el medio ambiente a pesar de las críticas?
- ¿Por qué seguimos trabajando con ciertos proveedores aunque haya presión por otras vías?
- ¿Por qué nuestra estrategia de diversidad no es “moda” (y mucho menos “woke”), sino convicción?
- ¿Por qué no hacemos lo que hace la competencia?
La coherencia es la nueva ventaja competitiva. Comunicar bien el por qué de tus decisiones genera credibilidad, incluso en desacuerdo.

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